8 Febrero 2009

Ociosamente ociosa y, sobre todo, forzadamente ociosa, gracias a nuestra dichosa Crisis que esparce su mortífero aliento encima de mi cuello e inhíbe otra actividad menos terrenal, he pensado en volver a cocinar. Bueno, cocinar he seguido cocinando, ya que de hambre no he muerto, ni tampoco me he dejado asesinar por todas las patatas, los litros de aceite re-frito y los omnipresentes huevos que se comen en Madrid. Hay vida más allá de estos tres ingredientes. Prometo. Bueno, que he vuelto.
Dentro de unas horas voy a ser tía. La ocasión tiene que ser celebrada con una bonita y sabrosa receta de lo que a las tías como Dios manda se les da mejor (a parte de educar en libertad y antojos a los sobrinos): una tarta de chocolate. Entonces eso va por Irene, que estamos esperando con amor preventivo y por mi irremediable choco-dependencia.
P.d. También va por Vera, dulcísima amiga diosa tutelar de los fogones y del horno.
Ingredientes:
2 peras (gr 500)
150 gr de chocolate negro y amargo
200 gr de harina blanca, más algunas cucharadas
150 gr de mantequilla
150 gr de azucar glas
2 huevos enteros más 3 yemas
sal
harina y mantequilla para la bandeja
Es buena práctica organizarse. Prepara encima de la mesa todos los ingredientes y los utensilios que vas a necesitar. Vas a necesitar el chisme eléctrico para montar las claras de los huevos y una báscula para medir con precisión las cantidades: a ojo, aproximando, de todo corazón y cero cerebro, se pueden hacer muchas cosas pero no una tarta.
Entonces, los preliminarios: Unta bien con la mantequilla el fondo y las paredes de la bandeja que vas a hornear. Esparce un poco de harina para que la tarta no se pegue. Pela las peras y cortalas en dadidos. Pasalos en unas dos cucharadas de harina, para que no se deshagan luego. Derrite a baño María el chocolate cortado en láminas o en trocitos. Vera recomienda derritir casi todo el chocolate y dejar unos trocitos sólidos que añadir al final, justo antes de hornear, para que la textura de la tarta resulte más interesante y menos aburrida a la hora de comerla. Monta a nieve (es decir, que tienen que estar blancas y espesas) las 2 claras con una pizca de sal. Deja ablandar y derritir en parte la mantequilla.
Con el chisme éste que sirve para montar las claras, monta la mantequilla a medio derretir junto con el azucar glas hasta que se transformen en una masa espesa y uniforme. Añade una por una las 5 yemas. Mezcla mezcla mezcla. Ahora pon el chocolate fundido. Mezcla mezcla mezcla. Ahora la harina dejandola caer de un tamiz, como espolvoreando, para evitar molestos grumitos. Mezcla mezcla mezcla. Añade las claras montadas. Mezcla mezcla mezcla. Las peras. Mezcla mezcla mezcla.
Pon tu futura tarta en la bandeja. Déjala en el horno a 180° una horita, ma' o meno'. Más menos que más. Feliz merienda!
servido por pon-la-mesa
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28 Mayo 2007
Gentil Emilio que te has apuntado: vuelvo de una breve escapada hacia mis tierras, pero no me olvido de mi promesa. La cena es el miércoles. Te espero a eso de las nueve. ¡Con cámara, eh!
(aún falta una silla por reservar)
servido por pon-la-mesa
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21 Mayo 2007
¿A ver, quién quiere probar pasta con brécol y anchoas?
La receta de mi super amiga Elena os hará soñar.
Lo único que pido: una cámara. Los primeros dos en apuntarse ganan.
servido por pon-la-mesa
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20 Mayo 2007
El otro día, el viernes, un grito de dolor me sorpendió con las manos
agarradas a la moka intentando cerrarla para hacerme mi primer cafetito o cafelito o cafecito de la jornada. A eso de las diez. El grito de dolor venía de la habitación de mi amigacompañeradepiso Romina. El grito decía: «La puta mierda». y por cierto era la voz de mi amigacompañeradepiso Romina.
Romi se había quedado bloqueada de la espalda y no se podía mover. Tras llamar la ambulancia, tras su llegada, tras la bajada de Romi-estatua de sal por los 67 escalones que separan nuestra puerta del portal de la comunidad (por supuesto, vivimos en un tercero sin ascensor), tras el viaje en ambulancia con la sirena puesta, tras esperar cuatro horas y tras el sanguich de la máquina, tras escuchar el desahogo de cuatro viejitas y un viejito que esperaban desde toda la vida, tras contestarles, movida por una especie de fuerza oculta del sitio, frases como «desde luego la salud lo es todo», tras el cuento del Teorico de la Cola en Urgencias que me habló de una supuesta prima suya (o de alguien más, da igual, me imaginé la Prima Universal, la de las anécdotas) que murió de dolor de
garganta esperando su turno, tras la hoja de alta por fin en las manos de
Romina estatua más plástica, tras buscar la salida, tras la enésima cola agotadora para un taxi (vaso medio lleno: «pero ¡ya estamos afuera!») y tras la cola en la farmacia para comprar los medicamientos, tras poner Romi en la cama un poco tristolita, he pensado: «Qué puedo hacer para que Romi se sienta un poco mejor?
¡Un bizcocho!
Aquí va el bizcocho que preparé, apto para el desayuno y un dulce
despertar…lálálá
(Ah, otra cosa: Romina es celiaca, así que busqué una receta por Internet que no llevase harina de trigo (hubiera sido el golpe final para la pobre), el resultado fue muy agradecido por ella y los numerosos peregrinos que
vinieron a visitarla buscando la Verdad.)
Atención: para hacer una tarta o un bizcocho o cualquier tipo de cosa
que haya que hornear, a parte de tener bastante confianza con el horno,
conocerle, saber interpretar sus ruiditos y sus lucecitas, hay que tener una
báscula que mida con precisión. Admito que el orden y la programación no son mi fuerte, pero cuando me pongo a cocinar un postre de estos (y lo hago con un humor particular, digamos tendiente al gris) me convierto en una super precisa. El cambio de personalidad que conlleva esta receta es parte de la terapia.
INGREDIENTES:
100 gramos de harina de maíz
70 gramos de maizena
4 huevos
250 gramos de azúcar (aunque yo pondría un poco menos)
2 naranjas gorditas
½ sobre de levadura
PREPARACIÓN:
Prended (Romina es argentina) el horno.
Lavad bien las naranjas. Esprimidlas en una taza, filtrad el zumo y volcadlo en un tazón añadiendo, antes de tirar las carscaras en la basura, un poco de ralladura de sus piel para que el sabor sea finalmente más definido. Añadid las yemas y el azúcar, mezclad hasta obtener una crema suave y homogénea. Poned también la harina de maíz, la maicena mezcladas con la levadura. Dad vueltas enérgicas con una cuchara. En otro tazón, batid las claras a punto de nieve con una pizca de sal y luego
añadidlas a la crema de antes lentamente y con el amor dibujado en vuestros rostros. Mezclad de manera delicada de arriba abajo durante unos minutos.
Amor en vuestros rostros. Si en ese momento un mosquito entrase a vuestra cocina, vosotros empapados de dulzura ni siquiera lo notaríais y a él les pareceríais unos boludos.
También , como esta tarta ha sido horneada por primera vez en honor de
Romina y para conjurar su mal día, no os vendría mal exclamar de vez en cuando: «me va a salir barbara, che».
Untad una tartera con mantequilla y salpicad con harina, de manera que
la harina se pegue a la mantequilla que a su vez está pegadita al fondo y a las paredes de la tartera, de manera que la tarta NO se pegará. Perdonadme el lío pegajoso. Volcad vuestra crema en la tartera y hornead (horno a 180 grados) durante 45-50 minutos.
Dejad enfriar el bizcocho antes de comeroslo.
Consejo: podéis cortarlo en el medio y poner una ligera capa de
mermelada.Optimo con café con leche. Y con mate (por supuesto).
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servido por pon-la-mesa
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14 Mayo 2007
Liliana es amiga mía de toda la vida y vive en Bolonia. En el insituto nos tomaban por hermanas.
Hace meses, deseperada y descuidada por falta de tiempo y de fantasía, le envié un correo desde mi piso barcelonés, para pedirle algún consejo gastronómico. El alioli me estaba matando.
Liliana me aconsejó esta receta sencilla y veraniega. Se tarda apenas 10 minutos en prepararla.
INGREDIENTES
Linguine (otra vez, ya lo se, es que me encantan)
1 limón
Pan seco
Raíz de jenjibre
Menta fresca (el domingo Manolo, hombre de rasto, vermú y sardinas, me regaló una maceta de menta!)
Un vaso de vino blanco
Cebolla
Aceite
PREPARACIÓN
Ya sabéis: poner a hervir el agua.
En una sartén preparad un rico soffritto: media cebolla cortada finemente, aceite de oliva virgen extra, una nuez de mantequilla si queréis, sal. Poned a fuego bajo.
Cuando la cebolla esté transparente, poned un poco de zumo de limón exprimido, rallad un poco de su piel y un poco de jengibre.
Digo un poco por que cada uno sabe cuánto y cómo le gustan estos dos sabores, yo por ejemplo he puesto bastante ralladura de limón y jengibre ya que me gusta la consistencia final de la salsita.
Cuando esté chispeando el aceite en la sartén, echad medio vaso de vino blanco (por supuesto tenéis guardada una botella de vino medio baratito para estas ocasiones) y contad hasta 10.
Mientras tanto, el agua ha llegado a hervir y es hora de echar la pasta (ya lo de siempre)
Las Linguine suelen tardar unos 10 minutos. Pero os aconsejo un truquito: poned unas tres o cuatro cucharadas del agua de la pasta en la sartén y escurrid las linguine un minutito antes de que estén a punto (las provad y averiguad que están todavía ligeramente duritas en el centro, ¡hay duritas de corazón!) y ponedlas en la sartén, para que acaben de hacerse con el agua mixta a la salsa de limón. Justo cuando pongas la pasta en la sartén aromática, debeis subir el fuego. Allegro ma non troppo, así es. Mezclad con energía: el objetivo de esta fase es que la pasta chupe la salsa y se aliñe bien de sabor y riqueza (wow).
Rallad un poco de pan viejo (duro) y seguid mezclando de manera que se toste un poco.
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6 Mayo 2007
Hola a todos. De vuelta de un puente-no-puente, pues yo he trabajado pero mis padres no y entonces han considerado bien venir a verme a Madrid.Vuelvo a las páginas descuidadas de mi blog. ¡Perdonen! Voy a intentar reconquistar vuestros estómagos con una receta muy primaveral y de pinta bastante patriótica, como me hizo notar mi amiga de piso, ya que recuerda el patrio tricolore (verde blanco y rojo). Os juro que, comida a parte, soy la última persona que soltaría un discurso patriótico, entonces dejemos los temas nacionalistas, que aquí no pintan nada. Una receta sencilla, rápida y fresca. (Ya comprobada por la exquisita confianza de Manolo, Diablillo y la luchadora porla libertad de prensa)
INGREDIENTES
Linguine (sigue válida la misma recomendación de siempre: las marcas italianas son vuestro valioso aliado para un resultado final que proporcione gozo a vuestro paladar hambriento yseguridad a vuestra auto confianza en la cocina). Calculad una dosis media de 100 gramos por persona. 80 gramos si os empieza a preocupar la prueba bikini para el verano.
Pomodorini, es decir tomatitos cherry (creo que son la pieza fuerte de la nevera en esta estación. Igual que la camiseta de algodón negro es la pieza básica de cualquier guardarropa. Son ricos, medianamente económicos y se cocinan fácilmente. En fin, pegan con todo. Una pasta aliñada con este prodigio de la naturaleza o de la manipulación genética – según dónde los conseguís – siempre quedará buena y fresca. Abajo os cuento cómo los cocina mi madre)
Espárragos de los verdes (para 4 personas yo puse 17 espárragos, y me parecieron bastante)
Una pizca de azúcar (mejor si de caña, pero no seré tan estricta como para no tolerar el azúcar blanco)
Sal
Aceite de oliva extra
Poquísima mantequilla
Una cabeza de ajo
Pimienta negra en granos para moler (en polvo casi no sabe a nada, así que merece la pena invertir en un molino de madera que se pueda recargar de granos de pimienta – en el rastro valen unos diez euros. Vuestra comida ganará un punto muy casero y autentico. Seguro que al dar el toque final al producto de vuestros esfuerzos, moliendo la pimienta encima del plato humeante, os saldrá una sonrisita tonta de satisfacción: “Que bueno soy, je je”. Estos aspectos auto-peloteros, finamente psicológicos, resultan muy importantes a la hora de ponerse a cocinar. Si confiáis en vosotros mismos, lo podréis todo. ¡Dejémonos de frases como: “Pero yo no puedo, soy tan torpe…!”. Todo el mundo puede aprender. Ay, ¡qué incurable optimista soy!)
Bueno si tenéis todos los ingredientes, podemos empezar.
PREPARACIÓN
Primer paso de siempre: poned a hervir una olla con abundante agua. ojo: sólo agua. Tapadla.
Lavad tomatitos y espárragos.
Cortad los tomatitos (de aquí en adelante: “tmt”, si no me resulta demasiado largo y me da pereza) a mitad. Disponed los tmt con la mitad cortada hacia abajo y la joroba hacia arriba en una sartén antiadherente. El fuego debe ser bajísimo. Salpicad con una cucharita de aceite virgen extra y poned también una cabeza de ajo y una nuez de mantequilla. Aliñad con un puñaditode sal y una pizca de azúcar (es lo que le quita el ácidoa los tmt).
Paraos un instante en admirar qué graciosos resultan los tmt así puestos, todos juntitos y redondos. ¡Tan perfectos!
Bueno, tras la contemplación, a trabajar otra vez. Hay que cortar los espárragos.
Cortad la parte final del tallo, la más blancucha y dura. Dejad enteras las puntas y cortad a julienne (es decir, en tiritas) el resto del tallo. Añadid a los tmt en la sartén. Bien, ánimo.
Mientras tanto, el agua estará hirviendo. Levantad la tapa de la olla (con la tapa puesta, hierve más de prisa, por obvias cuestiones de termodinámica) y averiguad: si hierve echad un puñado de sal. De lo contrario, esperad un poco.
Cuando el agua esté saladae hirviendo (hervir significa HERVIR, con burbujitas, no casi a punto de hervir) es el momento de la pasta. Echad las linguine.
Cuidado que no se pasen. Cuando estén listas escurridlas.
En seguida, echad las linguine en la sartén (tiene que ser bastante ancha como para que quepa todo cómodamente), manteniendo el fuego prendido y bastante alto (fuerte). Añadid un hilo de aceite de oliva virgen extra, moled un poco de pimienta y mezclad con cuidado.
Es decir: sin romper las linguine y esparciendo bien el aliño de tmt y espárragos. Le linguine tienen que chupar la salsita y su sabor.
Bastan unos dos minutos. Ya está. ¡Servid y comed todos!
EVITANDA
Ah, otra barbaridad que me he dado cuenta hacéis los españoles con la pasta (¡pobre pasta!): a veces la ponéis en el plato y esperáis diez minutos antes de empezar a comerla…o incluso la ponéis en un tupper y la lleváis al trabajo. ¡Muy mal! La pasta hay que comerla humeante y caliente. Por lo menos la mayoría de las veces (ya hablaremos de la Pasta fredda para el calor del verano en la época del global warming).
Pero lo peor de lo peor, la mortificación más definitiva que la pasta pueda sufrir, es cuando, todos alegres, la disponéis en un plato juntita a otras cosas. Otras cosas que suelen ser un huevo estrellado con patatas fritas y chorizo o una ensalada de lechuga, cebolla fresca y garbanzos. Por favor: no me hagáis eso. Cada cosa en su momento. La pasta se merece un plato entero sólo para ella. Lo demás se come antes o después. Jamás de los jamases al mismo tiempo.
servido por pon-la-mesa
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26 Abril 2007
En seguida os diré que la Carbonara ortodoxa no tiene nada que ver con los “espaguetis a la carbonara” que preparáis en España. Por lo menos con los que se venden en los menús de los restaurantes para empleados.
Los Spaghetti alla Carbonara son el plato fácil por excelencia. El típico que saben cocinar aquellos padres de otra generación que han tenido una madre que les preparaba hasta el café y les planchaba los calzoncillos y se han casado con mujeres que trabajan y que pretenden, con razón, compartir las tareas domésticas. Bueno, los padres de la generación del cambio lo único que saben preparar es, justamente, la Carbonara.
Por supuesto es anécdota personal. Para no dejar morir de hambre a mí y a mi hermano, mi padre se ha especializado en eso. Entonces, en homenaje a mi padre (Antonio):
INGREDIENTES:
1 huevo por cada comensal
Parmigiano reggiano
Panceta cortada en cubitos (comprarla suelta, pero la ya cortada también vale)
Spaghetti (la dosis estándar es de 100 gramos por persona)
Aceite de oliva virgen extra
Pimienta negra y sal
PREPARACIÓN
Hervid abundante agua en una olla honda (sin aceite, ¡por favor! No quiero ni comentar tales guarrerías…a lo mejor la próxima vez, voy a contar como se cuece la pasta).
Mientras tanto, poned una cuchara de aceite en una sartén y calentad en otro fuego. Cuando esté calentito, añadid la panceta y dejad freír hasta que alcance su cocción ideal (os daréis cuenta).
Poned en un bowl de cristal los huevos siguiendo las siguientes recomendaciones: 1 yema para cada comensal, más una clara cada tres. Añadid pimienta negra machacada y una pizca de sal (no abundéis con la sal por que la panceta ya es lo bastante salada) y mucho Parmigiano rayado al momento.
Cuando hierve el agua, echadle un puñado de sal gruesa. Esperad a que hierva otra vez.
Entonces, el agua está lista para la pasta. Echad los spaghetti SIN ROMPERLOS y que bajen en la olla por sí solitos, pues pueden hacerlo muy bien sin que los aplastéis. Los spaghetti (Barilla o De Cecco) son unos listillos. Fundamental: fijaos en el tempo de cocción aconsejado en el paquete y fiaros de la buena alma que lo averiguó. Si pone 9 minutos, son 9 y no 10. Mientras la pasta se cuece, no os dediquéis a otras actividades. Lo típico: ducharse, bajar la basura, enviar un mailito cortito cortito que habéis aplazado durante todo el día…la pasta sufre de manías de protagonismo. Si os vais, la joderéis. Quedaos a su lado y esperad. No tardará mucho. Siempre que no la dejéis pasar.
Bueno, confiando en vosotros, sigo.
Escurrid los spaghetti y echardos en seguida en el bowl donde esperan los huevos bien mezclados con pimienta, sal y parmigiano. Mezcladlo todo. Añadid la panceta junto con la salsita que se habrá producido en la sartén. Mezclad otra vez.
Ya está.
Modificación para vegetarianos:
En lugar de la panceta, que, al fin y al cabo, es un pobre cerdo inmolado, poner en la sartén con el aceite unos cubitos de calabacín. Quizás entonces tendréis que añadir un poquito de sal y una cabeza de ajo, sólo para darles más sabor a los calabacines. Seguid como explicaba antes. Muy rica también.
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26 Abril 2007
Para comer bien hay que aprender a cocinar. O sea: comer tenemos que comer. Más vale aprender unos pocos truquillos para hacerlo de manera decente. No hay que ser forofo de los fogones, y pasar horas y horas en la cocina con las manos hiperactivas y la nariz blanca de harina.
Sólo necesitáis curiosidad. Y mucha hambre. Empecemos por el primer paso. Para cocinar bien es indispensable aprender a comprar y tener una buena artillería de utensilios de cocina. Eso sí. Hay cosas de las que no se puede prescindir y que simplemente hay que tener siempre en la despensa. Os hago un breve listado.
- Cucharas de madera
- Olla honda y de buena capacidad
- Sartén ancha y antiadherente
- Pimienta negra en grano para machacarla
- Ajo y cebolla frescos (jamás de los jamases en polvo o congelados)
- Sal gruesa
- Escurridor
- Rallador
- Vino blanco de cocinar
- Vino bueno para acompañar los platos
- Sobrecitos de azafrán
- Perejil, albahaca y romero (el truco de la abuela: comprarlos un día. Lavarlos y cortarlos y ponerlos en el congelador en tres tupperware diferentes: siempre serán útiles)
- Aceite de oliva virgen extra
- Parmigiano Reggiano para rayar (por favor: nada de sobres de queso rallado “especial para pasta”. Si en este momento lo tenéis en vuestra nevera, ¡tiradlo inmediatamente!)
- Pasta larga y corta. (Es decir: spaghetti y macarrones de marca italiana, por favor. Esto es simplemente imprescindible. No salen muy caros en el Carrefour, por ejemplo. Pero tampoco en El Corte Inglés. Dia y Lidl por supuesto no tienen. Perdonadme el pijerío pero os garantizo que merece la pena gastar los 40 céntimos de diferencia respecto a un paquete de pasta Gallo. La pasta italiana está hecha de trigo duro y por eso no se pasa y es buena aunque sin aliño alguno. La calidad de la pasta lo es todo. Si guardáis en la despensa siempre un paquete de pasta Barilla o De Cecco de acopio, nunca moriréis de hambre. Nunca más tendréis emergencia alguna. Nunca más llegaréis a casa cansados y agobiados del trabajo y con terror diréis: “¡coño no tengo nada para comer!”. Nunca más tendréis que comer la horrible pizza de Pizza Hut o los tortellini en bolsa. Que la pasta esté con vosotros.
- Delantal para sentir el personaje del chef
- Una radio o un ordenador para cocinar a ritmo de música. O escuchando las noticias. El buen cocinero no prescinde del mundo. Vive en eso.
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